La lectura de “La aventura de ser maestro”, nos hace comprender que no somos los primeros ni los últimos en enfrentarnos al reto de ser maestros sin saber serlo. Nadie nos enseñó cómo combatir los miedos de enfrentarnos a lo desconocido, si a lo desconocido de 30 o 40 mentes reunidas en un mismo espacio; cada una con necesidades, y ante todo ocurrencias muy diversas. Creo que no es tanto el miedo a no dominar los temas, al final de cuentas vamos a hablar de lo nuestro; sino más bien, al no saber qué está pasando por esas cabecitas que tenemos frente a nosotros.
La gran mayoría de nosotros (docentes de nivel medios superior) somos maestros porque así lo quiso nuestro destino, y ahora enfrentamos la necesidad de aprender a transmitir todos los conocimientos que tenemos, a grupos de jóvenes que difícilmente se comprenden así mismos mucho menos al entorno en que se desenvuelven.
La primera meta que debemos conseguir es consolidar nuestra identidad profesional, y para ello deberemos de cambiar, en algunos casos radicalmente, nuestra forma de pensar y de actuar.
Ya no somos nosotros solos lo que decidimos que aprenderán los jóvenes, son ellos los con sus inquietudes y necesidades marcarán la pauta a seguir; la cual nos ocasionará grandes ansiedades ya que no tendremos el control total y, nos obligará a buscar nuevas técnicas didácticas para lograr la motivación y comunicación correcta con nuestros grupos y, convertirnos realmente en los facilitadores del aprendizaje.
Encontrar el equilibrio en este proceso no será fácil, pero debemos de recordar que nosotros también estamos inmersos en un proceso de aprendizaje, y que del éxito de éste dependerá nuestro desempeño como docentes.
Y la recompensa será el día que logremos “dedicar la propia vida a pensar y sentir, y hacer pensar y sentir” plenamente.
La gran mayoría de nosotros (docentes de nivel medios superior) somos maestros porque así lo quiso nuestro destino, y ahora enfrentamos la necesidad de aprender a transmitir todos los conocimientos que tenemos, a grupos de jóvenes que difícilmente se comprenden así mismos mucho menos al entorno en que se desenvuelven.
La primera meta que debemos conseguir es consolidar nuestra identidad profesional, y para ello deberemos de cambiar, en algunos casos radicalmente, nuestra forma de pensar y de actuar.
Ya no somos nosotros solos lo que decidimos que aprenderán los jóvenes, son ellos los con sus inquietudes y necesidades marcarán la pauta a seguir; la cual nos ocasionará grandes ansiedades ya que no tendremos el control total y, nos obligará a buscar nuevas técnicas didácticas para lograr la motivación y comunicación correcta con nuestros grupos y, convertirnos realmente en los facilitadores del aprendizaje.
Encontrar el equilibrio en este proceso no será fácil, pero debemos de recordar que nosotros también estamos inmersos en un proceso de aprendizaje, y que del éxito de éste dependerá nuestro desempeño como docentes.
Y la recompensa será el día que logremos “dedicar la propia vida a pensar y sentir, y hacer pensar y sentir” plenamente.

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